Ramón Castro.-Los aranceles aumentan el precio de los bienes que provienen del resto del mundo, haciéndolos menos atractivos para los consumidores nacionales quienes, presumiblemente, desviarán su consumo hacia bienes producidos en el interior del país. De esta forma, se fortalecerá la industria local y el gasto de las familias ya no escapará hacia el exterior. El empleo crecerá y seremos una economía más fuerte. Esta es la lógica proteccionista.
Sin embargo, la realidad es algo más compleja. El comercio mundial es intraindustrial, lo que quiere decir que no cambiamos zapatos por vehículos sino portátiles por «tablets», que son bienes similares. Es más, no todos los componentes de un producto se desarrollan en un mismo territorio por lo que la producción de un bien requiere la intervención de un número significativo de operadores internacionales.
Tampoco resulta sencillo sustituir importaciones a medio plazo, es decir, lograr que los fabricantes nacionales produzcan aquello que necesitamos del resto del mundo. Se requiere la coexistencia de infraestructuras, capital humano, tecnología, patentes e inversión local. Por tanto, si eso es lo que se pretende, mientras llega, la economía tendrá que asumir el sobrecoste de los aranceles y los cuellos de botella que la escasez de materiales importados, necesarios para fabricar bienes, provocará en nuestras industrias. En resumen, menos empleo, bienes más caros y un mercado más estrecho y menos competitivo.
Las únicas ganancias de un arancel son dos y son parciales. La primera, la que provoca en las cuentas públicas, pues es el Estado el que se queda con el impuesto. La segunda, aquella que ocasiona en la empresa nacional, quien ve cómo ya no existe la competencia exterior. No obstante, estas ganancias no son tales si pensamos en las economías como sistemas generales. El Estado deberá instrumentalizar ayudas a las empresas en riesgo de quiebra y a las familias desempleadas. Existirán tensiones inflacionistas, provocadas por el aumento de precios de los bienes importados que no pueden sustituirse, bienes que, tal vez, ahora ya no lleguen a nuestras fronteras en las cantidades requeridas, pues puede ocurrir que los países productores ya estén exportándolos hacia otros donde no existan aranceles o estos sean más reducidos.
La aparición de la inflación reducirá el rendimiento de las inversiones empresariales y muchas de ellas no se llevarán a cabo por no ser, ya, rentables, reduciendo el crecimiento de los beneficios y el valor de sus acciones. Las bolsas mundiales no se hallan a la baja por capricho y sus pérdidas están dañando el ahorro de las economías domésticas, colocado en millones de productos financieros.
En conclusión, el escenario mundial actual es gravemente perjudicial para todos, pues los equilibrios de familias, empresas y Estado están interrelacionados. Perderemos mucho si al desempleo, sumamos inflación, escasez e incertidumbre. Si la escalada de aranceles no se detiene, el mundo será un sitio menos transparente y más hostil. Aquellos que justifican la imposición general de aranceles desconocen hacia dónde nos lleva tal medida. Y si son sabedores de ello, en ese caso, estaríamos a merced de algo peor.
Ramón Castro es profesor de Economía en el IES Fernando de Mena (Socuéllamos, Ciudad Real)