Crónica sentimental de la Pasión Calatrava

Santos G. Monroy*.- Llegábamos a Aldea de Rey escuchando en la radio el “Ni tú ni nadie” de Alaska y Dinarama, todo el familión apretado y flamante de colonia y ropa nueva en el Renault 12 amarillo huevo, y caminamos por el callejón Tardío de caserones de piedra, Isidro, Maru, padres, tíos, en traje y corbata ellos, guapetonas y levantando miradas ellas, saludando a los paisanos repeinados que abarrotaban las calles y los bares en el bullicioso Jueves Santo.

Vamos todos muy pintureros y con nosotros todo el pueblo porque la ocasión lo merece y solo un terremoto hubiera impedido que pasara una Semana Santa sin acudir al Prendimiento. Y como siempre nos plantamos en la plaza y asistimos a la escena terrible y dramática de la talla del Nazareno aguardando el desenlace de su traición, viva imagen de la desolación en contraste con la mañana luminosa y cristalina de esta tierra calatrava, esperando al escuadrón romano entre el verde oscuro de los olivos y el aroma del tomillo, los destellos de las armaduras y el crepitar flamígero de sus penachos.

Los “armaos” de Aldea del Rey, Calzada, Bolaños, Almagro, Moral o Miguelturra parecen héroes griegos o caballeros medievales, quizá más renacentistas que romanos, y los niños los miramos pasar con envidia, deseando algún día jurar bandera, alzar los estandartes, marchar entre el bramido de los tambores, como ahora desfilan las corazas doradas sobre las paredes de blanco y añil, exhibiendo los grabados de la orden de Calatrava frente al castillo de Doña Berenguela en Bolaños y la Torre Gorda en Miguelturra, o caracoleando con la poderosa águila bicéfala del Emperador Carlos V bajo las portadas señoriales de Almagro, “A solo Dios el honor” reza una de ellas, impresionantes en su pompa y épica caballerescas.

En Aldea los soldados pasan cerca del Palacio de la Clavería, que conserva la esencia de las casas de los hidalgos manchegos, y uno se imagina en él a don Alonso Quijano, abandonado a las quimeras de sus libros de caballerías. Bien pudiera ser así porque el prendimiento de Aldea se desarrolla en el vaivén de picas de los caballeros, entre los gritos excitados por el reencuentro de miles de personas que de repente enmudecen ante el clímax de la escena, la tentación del capitán bajo los estandartes del Senado y del Pueblo Romano. «Judas, no tengas temor, 30 monedas te damos para prender al traidor…». Es el momento más emocionante para muchos, y reparo en las lágrimas de los mayores por quienes ya no están, o quizá por la dicha de compartir con los suyos esta herencia cultural única en España, una Pasión Calatrava declarada fiesta de Interés Turístico Nacional.

El bar de Nicasio ya está cerrado y olvidado en un rincón de la plaza, pero entonces recibía a un torrente de parroquianos al final de su escalera infinita que piden rondas de cerveza Calatrava, Mirinda y Bitter Kas, mientras los niños juegan con las chapas de la Coca-Cola y los corchos de las botellas de Clavileño. De allí la concurrencia derivaba al viejo Casino y su umbría cantina, sencilla y campesina, jalonada de anuncios de Martini como una fonda italiana. Frente a ella pasará al día siguiente la procesión del Santo Entierro con su imponente sarcófago de cristal y su desfile de peinetas y mantillas. El abuelo Ramón, el tío gaseosero, defendía muy tunante que aquellas eran las mujeres más hermosas de España, y aunque de todo debía haber, Dulcineas del Toboso y Teresas Panza, a uno sí que le queda el recuerdo de aquellas miradas moras y volcánicas de las mozas de la Aldea y la Calzada.

El Viernes Santo la familia recalaba en Calzada de Calatrava, todo un señor pueblo, coincidían los tíos Ramón, Agustín y Antonio frente al Ayuntamiento, en el glorioso y radiante mediodía del Juego de las Caras. Al llegar escuchamos que Pedro Almodóvar, el hijo de la Paquita, está arrasando con una película en la que sale su madre con la Carmen Maura, y allí nos recibe el tío Joselito, el mago que una tarde nos enseñara a voltear la bandera del Cristo del Sagrario y nos hiciera sentir como paladines medievales conduciendo a tropas de leyenda. De su mano los primos nos colábamos entre las piernas de la multitud del Viernes Santo, mirando las montoneras de billetes de Galdós y del Rey Juan Carlos, cientos de miles de pesetas tasadas a golpe de piedra por el baratero.

Ya entonces la fiesta de las Caras era conocida en toda España. Cada corro, desde el Ayuntamiento por la calle Real hasta el Casino, atrae masas de jugadores y mirones que orbitan expectantes a la caída de las dos monedas de Alfonso XII lanzadas con mano experta, y nos parece mentira que vuelen tan paralelas, capturadas por la gravedad en una coreografía perfecta. Tintinean en el suelo y el baratero grita “cruces”. Estalla la algarabía en el corro, manos que se apresuran a recoger las ganancias, rostros de alegría. A fastidiarse tocan si caen caras, y entonces nos quedamos con dos palmos de narices, pero salen al quite las madres, las tías y las comadres, unas veces Teresa o Emilia, y otras pudieran ser Candelita, Luisa, Virginia o Gumer, que nos cuelan cien pesetas en el bolsillo para compensar las pérdidas, y nosotros nos las comemos a besos, y corremos a jugar a los invasores del espacio.

Nos cuentan que hay que apechugar con la suerte y que antaño hubo quien se jugó a las caras el olivar entero y que lo perdió sin decir ni pío haciendo ley de la costumbre, y los mayores recuerdan historias calzadeñas de la fábrica de gaseosas de los Pelifino y los Ratilla (del abuelo Ratilla y sus compañeros que mecían incansables a la Soledad hasta el amanecer de la Pasión Calatrava), de la Carretería, la posada del Regalo, el bar de Agustín el Gordo, el del Pelos, el trenillo de vía estrecha, la peluquería de Marcelino (que también era escuela y relojería), la fragua de Ramiro.

La Rita, que es como si fuera nuestra abuela, no para de recitar letras picaronas de jotas manchegas, una rubia vale un duro una morena dos pero yo me voy con lo barato rubia de mi corazón, y rememora entre chascarrillos infinitos las historias de las siegas y siembras de los antiguos sobre los volcanes dormidos de Granátula, Valenzuela y Ballesteros de Calatrava, romances en los Baños de Fuensanta, la frescura del agua agria de la Fuente del Chorrillo, los gañanes recitando poesías de Lorca al arrimo de la lumbre en la Casa Grande (hoy un afamado hotel rural), aquel septiembre de vendimia a orillas de la laguna Calderona en Moral, las antiguas romerías de Oreto en Granátula o en el Santuario de la Virgen de los Santos, en Pozuelo de Calatrava, recoleto y encalado, dominando el cerro como un fuerte morisco. 

Hoy es Viernes Santo en Calzada de Calatrava y no se puede comer carne porque todos creemos que es pecado, pero sobre las cabezas vuelan las tapas de calamares, pisto, asadillo y bacalao, y en el Mesón o bajo aquel porche digno de western de Los Olivos nos ponemos finos de gambas con gabardina. Pasamos frente a La Chinita y sus pasteles tentadores, los rosquillos, las flores de Calatrava y los inolvidables enaceitados y acabamos en el Casino, donde se juega a las Caras con más solemnidad, algunos muy señorones, repantigados en sus sillas, en la bruma y el aroma del habano, bajo el impresionante mural del castillo de Calatrava La Nueva de su salón principal.

La imaginación de niños se dispara a la vista del gran rosetón de la portada de la iglesia abacial, abierto al cielo como un enigmático y ancestral telescopio. Más tarde nos cuentan la historia de la Orden de Calatrava y de cómo los prisioneros moros construyeron una de las ciudades-fortaleza más inexpugnables de Europa, asomada a los vertiginosos abismos del Alacranejo. Y nos dicen que hubo batallas y carnicerías horribles en el castillo de Salvatierra y hasta el misterio de un tesoro oculto en un pasadizo secreto con el que algunos lugareños aún fantasean.

Calatrava La Nueva rezuma testosterona medieval, crueldad y sobriedad. En incontables visitas durante las vacaciones de Semana Santa nos detenemos en la iglesia de solemne belleza entre románica y gótica. A ciertas horas del día el rosetón proyecta un cañón de luz que parece dividirse en fractales tornasolados por losas y columnas, rebotando en las bóvedas, como sin duda hicieron también los ecos gregorianos. Es la luz medieval, que aquí es eterna, y resalta los relieves de las marcas de cantero que se conservan en algunas piedras. Un paseo por las murallas, colgadas sobre simas de piedra, doradas por el poniente como las de una ciudad de leyenda, descubre el porqué de la pasión de Umberto Eco por Calatrava La Nueva.

De pequeños un cura salesiano muy amigo del tío Chema, el caporal de los antiguos alumnos de Puertollano, nos refirió leyendas del Campo de Calatrava y otras historias terribles, como la del visir de la corte nazarí que nació en Calzada y fue decapitado en la Alhambra de Granada por príncipes rivales del sultán, pero uno esperaba siempre con ganas las visitas a Almagro, donde la tía Margarita y el tío Santos tienen parientes, pero sobre todo en verano, durante el Festival Internacional de Teatro Clásico. Y allí abandonaba mis veinte años a paseos por sus calles antiguas, queriendo escuchar los cascos de caballos relinchantes de ira, los versos de un cómico del siglo XVII en el Corral de Comedias, hermanado con el de Torralba, y el alboroto de pícaros, estudiantes y lazarillos. Quizá fuera en estas calles tan relimpias donde el Conde Duque de Olivares lanzara furibundas miradas de deseo a las bellas damas descendientes de los mares del Norte, y es en su Plaza Mayor de aguamarina donde el fantasma de Don Diego de Almagro vaga, maldiciendo al Pizarro que le hizo degollar en las mazmorras de Cuzco y le impidió encontrar la Fuente de la Eterna Juventud.

Ahora, un año más, volvemos a la Semana Santa de este Campo de Calatrava en su nueva perspectiva de reclamo turístico, pero también me detengo en estas praderas de amapolas y estos terrones de piedra quemada por el magma, y me reconozco en las cenizas de los muertos y en la sonrisa de los niños y en la mirada tierna de los mayores, en nosotros mismos, todos transeúntes en este mapa sentimental cruzado de cicatrices milenarias, viviendo al compás del implacable reloj de arena que da la vuelta en cada Pasión Calatrava.

*Santos González Monroy (Puertollano, 1972) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Desde 1994 ha desempeñado su trabajo en los principales medios de comunicación de Castilla-La Mancha, especialmente en la provincia de Ciudad Real, así como en revistas especializadas de turismo y gastronomía. En la actualidad coordina el digital www.miciudadreal.es, es corresponsal de la agencia Europa Press y colabora con CMMedia.

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