LETRAS COLADAS: La casa de la señora Rábago (18)

LETRAS COLADAS: La casa de la señora Rábago Manuel Valero

-Bueno, señora Rábago, ha llegado el momento de la partida –dijo Aurora con voz contenida- Han sido unas vacaciones estupendas. Quién iba a decir que íbamos a soportar casi un mes sin tele sin que acabáramos a gritos. Y la compañía del señor Liébana no ha sido ningún contratiempo, al contrario, creo que nos ha enriquecido mucho. A todos. Pero en fin, todo principio tiene su fin y el mes se ha ido, así, como humo. Qué rápido pasa el tiempo feliz, señora Rábago.

-También para mí han sido unos días muy especiales, sobre todo al comprobar lo bien que habéis conectado con Alfonso.

Estaban las dos hablando en el porche mirando el mar mientras los chicos se preparaban para subir al coche y Gregorio cargaba con el grueso del equipaje. Los Tena se fueron tres días antes de acabar agosto porque tenían por costumbre pasar un período de descompreseurización antes de volver al trabajo. Aurora miraba todo como si quisiera retenerlo en su mente cual alimento para los próximos meses. Recordaba las excursiones, las conversaciones a la luz de la luna, los paseos por la playa, al señor Liébana entregado a su tarea de componer –qué ganas tengo de escuchar lo que ha hecho-, las animadas noches familiares, el grato descubrimiento de las dotes de sus hijos, que, bueno, a pesar de que los ha parido una, una no acaba nunca de conocerlos, sobre todo a Luis, qué portento, con lo pavo que parece, la historia del señor Liébana y Ursula y la hija de ambos, la figura del músico acaparaba todas las evocaciones de Aurora, el genial compositor había sido un regalo de la providencia, cuándo se lo contara a las compañeras del hospital, sobre todo a Remedios, tan entusiasta de los clásicos, pero no, no era la vanidad lo que embargaba a Aurora, sino el placer de una compañía tan enriquecedora.

{mosgoogle}Luego, ambas mujeres se acercaron al automóvil. La señora Rábago despidió a la familia con las recomendaciones de siempre. El señor Liébana que lo había hecho momentos antes los miraba desde la ventana de su cuarto. Alba se dio cuenta y puso una excusa pretextando que se había olvidado alguna cosa para entrar en la casa. Pasó a donde estaba el músico con recato pero decidida. Buscaba una despedida personal.

-Quería decirle que me ha gustado mucho que haya estado con nosotros – le dijo-. Y que no voy a olvidar nunca estas vacaciones y que a lo mejor retomo mis clases de piano y… que me parece usted un buen hombre – Aurora calló por unos instantes-… Y que no debería estar tan sólo porque no es justo que una persona como usted…

El compositor la dejó decir. Se acercó a ella, la cogió por los hombros y la atrajo hacia sí.

-Oh Dios mío, quien tuviera ahora veinte años, mi niña…

Alba levantó la cara y lo besó en los labios. Fue un beso fugaz, sincero, pero intenso, más de compasión que de amor. El señor Liébana la abrazó y le acarició paternalmente la cabeza. Estuvieron así unos segundos que a Alba le parecieron el paraíso.

-Adiós, pequeña –le dijo. Y Alba bajó por las escaleras con las lágrimas en los ojos que se iba secando a medida que se acercaba a la puerta.

-Nada mamá, todo está en orden.

Luego todos subieron al coche y se alejaron de la casa de la señora Rábago.

La dueña permaneció en el camino con la mano del adiós suspendida hasta que se perdieron en el primer recodo. Y Alba se quedó mirando la casa, y la silueta del señor Liébana impresa en la ventana, saludándola a ella, porque era a ella a quien saludaba, de eso estaba segura…

Al poco cogieron la autovía rumbo al sur.

-Una familia estupenda, maravillosa anormal en su normalidad –fue el comentario que le hizo el señor Liébana cuando se quedaron solos.

Antes del anochecer llegó Marina para llevarse a la señora Rábago a la ciudad.

-¿Y tú cuando piensas irte, músico?

-El último día del mes. Ahora no quiero hacer nada, sólo disfrutar de mi inestimable y obligada compañía…

-Ay, Alfonsito, no tienes remedio…

-Anda, anda, no te me pongas mohina, ahora, Aurelita, que a lo mejor me caso contigo…

-Si serás caradura. ¡Ahora me lo vas a pedir, desalmado!

-Bueno, nunca es tarde. Los amores tardíos son los mejores, querida. No hay más cera que la que arde…

-O sea, poca cera…

Los faros del coche de Marina aparecieron por el recodo y el señor Liébana se quedó solo, se dirigió al piano, cogió las partituras y en la que encabezaba la composición añadió una dedicatoria: A Alba Tena. Luego estuvo navegando por el teclado sin corsés ni ataduras musicales, tan sólo lo que le iba dictando el corazón y evocando la alegre compañía de Alba Tena se acordó de Ursula. Pero no se entristeció porque encontró recurrente la idea de pedir a la señora Rábago que la acompañara como esposa por el resto de sus días. Entonces el piano se rió con los compases alegres de una polca. Desde lejos tan sólo la luz del salón delataba la acogedora existencia de la casa de la señora Rábago…                             

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