
Alba lo vio al borde del acantilado y sintió un estremecimiento. Su madre le había contado el malogrado amor del señor Liébana, cuando confidencia por confidencia, Alba informó a su madre de su encuentro con el músico en la playa y la declaración de amor universal que le hizo a la muchacha. Entonces el interés de Alba por el compositor se incrementó. Era más bien curiosidad, una inocente atracción que no tenía nada de lasciva, aunque había que reconocer que el señor Liébana era un hombre atractivo pese a sus 68 años.
-¡¡Señor Liébana!! ¡¡Señor Liébana!!
{mosgoogle}El músico sorprendido, se giró.
-¿Qué es lo que ocurre?
Alba comprobó que no estaba el compositor tan cerca del abismo como le pareció desde la cocina de la señora Rábago, pero sin poderlo explicar pudo en ella el temor de una fatalidad, sobre todo cuando le contó su madre la desgraciada historia de Ursula y el recuerdo de sus palabras al poco de llegar amenazando con lanzarse al vacío si no lograba la composición de su vida. La mente es libre para asociar cosas y elaborar premoniciones infundadas y a veces son nuestros propios terrores los que proyectamos fuera de nosotros mismos. El caso es que Alba lo vio allí, a lo lejos, y pensó que el músico había decidido su hora fatal.
-Perdone, pero creía que… Lo siento mucho, pensé, pensé…
Alba empezó a sollozar y don Alfonso la atrajo hacia sí en un abrazo paternal, la refugió en su pecho y la reconfortó.
-No has de temer nada, niña. Todavía tengo que hacer unas cuantas travesuras antes de despedirme de este mundo. ¿No pensarás que lo que os dije el otro día iba en serio, verdad?
-Perdóneme, no sé que me ha pasado. Lo ví desde la casa, aquí en el acantilado y…
-Nada, nada… Recuerda que el día que tome la decisión de dejarme caer contra esas rocas tú me ayudarás… Ese fue el trato…
-Oh, señor Liébana he sido una tonta…
El músico la mantuvo al abrigo de su abrazo y le acarició la cabeza. El señor Liébana olía bien, un aroma natural, a hierbas silvestres. Alba se sintió en calma y feliz refugiada en el pecho de aquel hombre ilustre y tan solo. Y al músico tampoco le fueron inadvertidas las palpitaciones del corazón de la joven. Estuvieron así un rato, pero había más inocencia, más amistad, más afecto, que cualquier otro sentimiento. Pero don Alfonso extravió la mirada en alguna parte y mientras abrazaba a la muchacha pensó en otra muchacha, en su amor torcido, en Ursula. Por eso cuando Alba se lo confesó se quedó atónito.
-Sé lo de la novia que tuvo, y que nunca se pudo casar con ella…
El señor Liébana la apartó de sí con suavidad pero no había contrariedad ni despecho en su mirada. Ni siquiera sorpresa, porque el músico sabía que ése había sido el asunto principal de la conversación de la señora Rábago y Aurora, la tarde en la que las dos salieron al porche, aprovechando la tranquilidad de la tarde y de la casa.
-Bueno, mi niña, de eso hace mucho, mucho tiempo…
-Debió usted quererla mucho…
-Más de lo que te puedas imaginar. Y, a decir, verdad, aún la llevo en mi corazón con la misma fuerza que al principio. Pero del dolor, que resultó intolerable, sólo queda la cicatriz, y las cicatrices son indoloras, pequeña, permanecen como firma de una herida antigua, pero no duelen. ¿Sabes? A veces, me la recuerdas. Era tan bonita como tú.
Luego, Alba y don Alfonso bajaron por el prado hacia la casa, ella enroscada en su brazo y el compositor protector y feliz.