
La mañana era perfecta. Gris, con un aviso de humedad, pero perfecta. Al señor Liébana le gustaba la lluvia y las tardes de aguacero le parecían de una dulzura impagable. No era que cayese postrado en un estado de inactiva melancolía viendo la cansina eclosión de las gotas contra el suelo convertidas en diminutas coronas en su deformación, sólo que experimentaba una inexplicable serenidad.
{mosgoogle}-Buenos días, señor Liébana, mucho ha madrugado usted.
El músico se giró y vio a la joven Alba tan hermosa como la música que ahora mismo sobrevivía en sordina en su cerebro. Llevaba un pantaloncillo corto azul y una camiseta blanca de tirantes. Su pecho adolescente se erguía con el descaro de la juventud tocados en su cumbre por dos pequeñas protuberancias que el aire esculpía en sus senos al ceñirle la camiseta con sus soplos racheados.
-Ah, hola, jovencita, a decir verdad tú tampoco te has dejado engatusar por las sábanas después de lo de anoche. Diantre, qué desconcertante es tu hermano Luis, ¿cómo era que le pusiste? El …
-El visera lánguida, bueno, fue una ocurrencia, en el fondo quería meterme con él. Reñimos de vez en cuando pero nos llevamos bien. Somos hermanos –dijo Alba frente a frente con el músico, entornando los ojos.
-No es eso precisamente una garantía para llevarse bien. Ha habido hermanos que vaya con Dios, los hermanitos…
El músico se giró hacia el este e hizo ademán de comenzar a caminar en dirección al sol velado, Alba lo acompañó un rato.
-He bajado ha correr un poco…
-Pues me gustaría acompañarte, chiquilla, pero a mi edad no creo que sea lo más conveniente, no aguantaría tu ritmo más de cuatro pasos…
-No importa- dijo Alba haciendo un surco con uno de sus pies- Sabe, mi madre está muy contenta de que esté usted con nosotros. Y mi padre también, pero mi madre es una gran admiradora suya. No sabíamos que fuera usted amigo de la familia Rábago…
-Sí, doña Aurelia es muy discreta.
-Mi madre está deseando escuchar su trabajo…
-Bueno, lo escuchará a su debido tiempo. Ya me encargo yo de invitaros personalmente si es que llego a acabar lo que aún no he empezado y vivo lo suficiente para estrenarlo.
-Claro, que sí, señor Liébana. Tiene usted un aspecto formidable. Ya quisiera más de un jovencito tener la presencia que tiene usted –Alba no reprimió su coquetería. Era así, natural, despreocupada, para nada tímida, y con ganas de vivir con la misma intensidad todos y cada uno de los instantes de su vida.
-Eso está muy bien, jovencita. No sabes lo que me rejuvenece oírte decir eso.
Caminaron un rato, la esbelta figura de don Alfonso, parecía un mástil invencible. A su lado, Alba, caminaba con soltura, agachándose de vez en cuando y tirando al mar los chinatos de la playa.
-¿Cuál es la mejor hora para hacer su trabajo, señor Liébana?
-No la hay, Albita, no la hay. Depende del humor que tengan en ese momento las musas. Eso sí, una vez llegan y tocan en la puerta, que te pillen trabajando, ya sabes…
-Pues yo creo que de madrugada. Una se imagina a los grandes compositores emborronando el pentagrama en plena noche cuando nadie los oye…
-Sí, y tal vez, en lo alto de un torreón en una noche de tormenta. Eso es muy gráfico, pero créeme, niña, aunque para esto como para todas las Artes hay que tener un método y una disciplina, no es hasta que el espíritu se solivianta que empieza lo verdaderamente interesante.
Melenas al aire, músico y muchacha fueron dejando un rastro desigual sobre la arena, los pies grandes de don Alfonso junto a los pies más pequeños de la joven. Tras ellos, la playa encajonada entre aquellos dos enorme salientes, mantenía intactas las huellas que luego se disolvían con los lengüetazos del Cantábrico.
-Y dígame otra cosa –Alba se detuvo y lo miró a los ojos.-¿Cuando se está enamorado se compone mejor?
La música, que antes de la llegada de la muchacha le bullía en la cabeza como en una olla a presión y que por unos momentos se mantuvo en una soportable sordina hasta desaparecer con la conversación, regresó de nuevo con más ímpetu, con más brío, con una energía renovada y descomunal. El músico se quedó como inerte, a merced del viento. Los cabellos le golpeaban en su frente. Se puso serio de repente pero cuando Alba se lo volvió a preguntar, retomó su expresión amable de artista reconocido y le respondió:
-Es absolutamente imprescindible, querida niña –suspiró.
-Lo sabía –respondió Alba entre saltitos y risas- Bueno, señor Liébana, voy a ver si desperezo las piernas. Adiós.
Poco después se alejó de él con un trote de cervatilla, pero antes de continuar con sus ejercicios matutinos, Alba se detuvo y le gritó.
-¿Está usted enamorado, señor Liébana?
-Sí –gritó el músico-. De todo esto -Y extendió los brazos para abarcar el mar y la tierra y el cielo.
-Adiós.
-Adiós, pequeña –se dijo don Alfonso, para sí…
Capítulos [10] , [11] , [12]