
Fue quizá la mejor actuación de la semana si vale como medidor la cantidad de bravos, hurras, otra-otra, que Luis el visera lánguida arrancó del respetable.
-Ah, Ah, chica, me dices que te traiga un helado, ah, ah y yo te digo que el helado te lo traiga el ada, el ado helado y el ada helada, ah, ah. Ah, ah, chica me cuentas que tienes un rollo, ah, ah, que se pone de mal rollo cuando le montas el pollo, ah, ah, y yo te digo chica fatal, chica potente, ah, ah, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
{mosgoogle}-¡Toma un poquito de Burning para ir haciendo boca, monstruo! –le gritó su padre.
Luis siguió a lo suyo.
-Ah, ah, tengo un amigo que no tiene móvil, ah, ah, y cuando lo llaman coge el del automóvil, que habla sólo porque es auto, su móvil, ah, ah, y esta tontería, como un chorizo seco en una alacena, me la contó el otro día Gregorio Tena, que es mi padre con más gloria que pena Ah, ah, menos cuando cuenta chistes malos, entonces me dan ganas de darle con un palo, de darle con palo, ah, ah….
Para qué las prisas. Siguió:
-Ah, ah, tengo una hermana que cuando quiere, ah, ah, hace de Julieta y para estar más sexy enseña las macetas, ah, ah, pero como esto es rap y no sabe de censuras, ah, ah, lo que enseña mi hermana son las tetas, ¡qué hermosura!
Guarro, pero Luis, un poco de… nada, nada, sigue, aibá ha dicho tetas, mami ha dicho tetas, qué chiquillo más gracioso con lo tímido que parece, esta juventud. Comentarios de Alba, Aurora, Gregorio, Alvarito, don Alfonso y la señora Rábago por este orden.
Luego, risas generales, aplausos y ritmo, mucho ritmo. Luis siguió con sus inventivas y al final el pequeño Alvaro dejó su silla de público y se unió a su hermano bailando rap a su libre albedrío y animando a los demás a hacer lo mismo.
-Hacía tiempo que no me divertía tanto – sollozaba de risa la señora Rábago.
La fiesta prosiguió a ritmo del que primero llegara al aparato de música y metiera por la ranura el primer cd que encontraba. Y así se sucedieron sin orden ni concierto rock and roll, pop, soul, pasodobles, salsa, sevillanas y hasta alguna pieza del folclore local. Sorpresivamente se coló en el improvisado programa familiar el himno regional manchego que sacó Gregorio a colación con la ayuda inestimable de la sidra. Multiculturalidad nacional en feliz matrimonio cachondo e integrador era eso.
-A la Mancha, manchega que hay mucho vino, mucho pan, mucho azaite, mucho tocinoooo…
La voz de Gregorio se sobrepuso a las demás cuando llegó al azaite para afirmar la auténtica antropología de la coplilla.
-Y si vas a La Mancha no talvorotes porque vas a la tierra de Don Quijote…
Exactamente lo mismo cuando el orfeón Tena y Cia llegó al no talvorotes.
De repente, Luis, uno de los más animados, mandó callar a la concurrencia con un potente silbido y un aspaviento de brazos en cruz. Era su noche y como tal quería concluirla. Doña Aurelia hacía un rato que seguía las evoluciones de la fiesta familiar sentada en un butacón al lado del señor Liébana que había hecho lo mismo, aunque éste seguía participando con cantos y palmas. Cuando se hizo el silencio, Luis se acordó de una letra que se aprendieron en el instituto después de que una compañía representase en el auditorio de la ciudad un espectáculo quijotesco. Trataba de los celos de los demás personajes de Cervantes por la fama de Don Quijote bajo cuya sombra no crecía nada ni nadie. La letrilla hablaba de las quejas de Rinconete y Cortadillo reclamando su lugar bajo el sol del universo cervantino…
-Y no habías caído me dices/ Pareces un pícaro tonto de las narices/Que no le llegamos al Ingenioso/ Ni a la punta de la barba, ni al apestoso/ de su escudero/podemos quitarle razón/ Porque es un paleto, un paleto cuerdo, un paleto cuerdo.
El primero y más grande es Don Quijote/Dicen, repiten, las generaciones/Le hacen estatuas, preside las plazas/ Donde juegan los niños/El loco se solaza,soberbio y altivo/ Le mean los perros, las palomas le cagan/ La lluvia lo moja, el rayo lo alcanza/ El sol lo derrite/ y él, como si nada y él como si nada….
Ni qué decir tiene que esa noche todos los inquilinos de la señora Rábago, incluyendo a la dueña que pernoctó en la casa, durmieron a pierna suelta cuando cada cual se retiró a sus habitaciones.
En el silencio de la noche, en plena calma, se oía el mar batiendo contra el cantil. El día siguiente amaneció nublado. El primero que se levantó fue don Alfonso, quien soplando su taza de café miraba por la ventana el inmenso gris que convertía cielo y mar en una misma cosa.
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