
El pequeño Alvaro saludó desde la distancia a su madre y su hermana que descendían por la senda con acostumbrada agilidad. Hacía calor. Las dos mujeres se protegían del sol con sombreros de paja. El de Alba, decorado con una cinta rosa, recordaba los canotiers. Y el del Aurora, un tanto desmimbrado los yareys cubanos, recuerdo de un viaje anterior a la isla que sirvió para que el matrimonio tuviera unas largas reflexiones compartidas sobre el modelo castrista. “Los cubanos adoran su revolución, les dijo un guía, pero detestan lo que les da la revolución. Se alimentan más de mitos que de la cartilla de racionamiento que cada vez tiene menos hojas”.
Cuando la familia Tena estuvo al completo en la playa, Aurora dijo:
-Fuera televisión. Estas vacaciones no hay tele. Vamos a hablar mucho…
{mosgoogle}-Empezando por éste –gruñó sonriente Gregorio refiriéndose a Luis que leía una cualificada revista de juegos de moda y ofrecía una sugerente variedad de artefactos para jugar precisamente con la tele. Luis levantó la mirada un segundo de la revista, miró a su padre y volvió a concentrarse en lo que estaba leyendo.
-Hemos visto al señor Liébana en el pueblo –terció Alba con indisimulada alegría-.
Llama a las notas cucarachas, es muy divertido. Y dice que la batería es co-mo-si-fuera-música-prehistórica –añadió remarcando la definición con una mirada de desdén hacia su madre.
Luis volvió a levantar la mirada de la revista y sonrió:
-Vaya, ese viejo, va a ser más interesante de lo que parecía…
-¿Y porque no vamos a poder ver la tele? –se lamentó Alvaro que jugaba a cambiarse de mano un puñado de arena como si fuera un reloj de arena…
-Eso, por qué – añadió Gregorio.
Aurora sentada graciosamente sobre la toalla, alzándose un poco el sombrero y deslizándose las gafas de sol hasta la punta de la nariz, respondió disciplinariamente.
-Primero, porque ya tenemos televisión durante todo el año, cada uno la suya en su cuarto y pagamos una buena factura del cable; segundo, porque vamos a comprobar si somos capaces de sobrevivir un mes sin ella; tercero, porque vamos demostrar que los Tena tenemos alternativas para divertirnos con nuestras cosas y cuarto, porque hablaremos…
-Y sexto, porque así no molestaremos al señor Liébana mientras trabaja –Alba completó la normativa familiar con impostada gravedad.
-A mi me da igual – añadió Luis…
-Ni tampoco plays–remató Aurora, descifrando la indiferencia de su hijo-. Vendremos a la playa, caminaremos, iremos a los bailes del pueblo, y por las noches conversaremos hasta que nos aburramos. Jugaremos a las películas, al amigo invisible, a la búsqueda del tesoro, y si alguien se atreve hasta podemos hacer un teatrito…
-Perfecto. Y que el señor Liébana toque el piano durante la representación –dijo Gregorio, resignado pero en el fondo conforme con la propuesta. Algo en Luis lo sobresaltó de pronto.
-Una condición. Que los chistes y las ocurrencias de papá, porque se va hinchar de ocurrencias, pasen antes por una comisión de calidad…
-Admitida la moción- dijo Aurora.
-Pues yo quiero ser Julieta – Alba empezó a gesticular como la heroína de Shekaspeare.
-¿Y tu Romeo? –le preguntó su padre.
-Ponemos un anuncio en el pueblo y ya está: joven de dieciocho años bien parecido, de 1,80 mínimo para darle réplica a la simpar Dulcinea, digo, Alba Tena, la mejor Julieta de todo el elenco teatral –saltó Luis con cierto retintín.
-Vaya, ¿se te ha ocurrido eso a ti solo, hijo? –le preguntó su padre.
-A mi solo y a mis doscientos mil millones de neuronas, papi. Por cierto, ¿le has dado ya su medicina a LA tuya?
-Pues ahora que lo dices, no -. Y acto seguido se levantó como lanzado por un resorte, fue corriendo hacia la línea de playa y se tiró de cabeza como un delfín. Luego regresó al seno familiar.
-Ya está. ¿Y cuándo empezamos? Lo de la cuarentena de la televisión.
-Desde ahora mismo – la respuesta de Aurora sonó con inapelable autoridad.
De otro de los caminos que descendían a la playa llegaron varios grupos de bañistas. Una veintena a lo sumo, en grupos separados. Era sábado. Y al poco, la playa se animó sin estridencias con la despreocupada alegría de los días de mar y calma. Los gritos de los niños rompían el marasmo y entre chapuzón y chapuzón fue pasando la mañana.
Cuando los Tena regresaban a la casa de la señora Rábago, el pequeño Alvaro preguntó:
-¿Y yo tampoco puedo ver la tele, mamá?
-Tampoco.