
Supongan que vivimos en un mundo en que existe mucha gente que todo (y lo único) que tiene es dinero. Supongan que esa gente, gracias a su dinero, se ha convertido en personas poderosas que controlan todo lo controlable y están muy por encima incluso de los propios políticos.
Supongan que, a pesar de su poder, estas personas ricachonas miran con odio y (sobre todo) con temor a toda especie medianamente autóctona que no necesite hilos para caminar. Supongan que estas personas usan su dinero no sólo para escalar puestos y conseguir cada vez más poder, sino también para ir eliminando a su paso, y a golpe de talonario, a toda aquella mosca cojonera que pueda alterar su siesta.
{mosgoogle}Supongan que estas personas poderosas se encuentran un día con que un grupo de rebeldes se ha aliado para hacerles frente y mostrar al mundo sus mafias, sus trapicheos y, en definitiva, su modus operandi. Supongan que estos rebeldes saben perfectamente cómo llegar a la gente de la calle y, además, disponen de los recursos suficientes para hacerlo. Supongan además que los rebeldes de los que les hablo son extremadamente listos y tienen acceso a cierta información sobre los poderosos que, en caso de salir a la luz, dejaría a los soberanos en un lugar complicado. Pero supongan también que nuestros rebeldes son demasiado parciales y atacan sin compasión a estos poderosos al mismo tiempo que defienden a otros no menos poderosos que los primeros. Supongan que, de este modo, la gente acabe dudando de la credibilidad de estos rebeldes, y su trabajo, perfectamente hecho pero tremendamente parcial, acabe precisamente volviéndose en su contra.
Supongan que los primeros poderosos están completamente a-co-jo-na-dos por lo que los rebeldes puedan decir de ellos a pesar de que, de cara a la ciudadanía, los rebeldes hayan tirado por la borda sus estupendos trabajos de investigación por una incomprensible parcialidad que les ha hecho perder todo hilo de credibilidad.
Supongan que, a pesar del supuesto y real inofensivismo de los rebeldes, los poderosos no quieren que en su ciudad exista ni una sola voz que les perturbe. Supongan que, a raiz de este temor ante el que piensa distinto, los poderosos deciden cortar de raíz esta orgía de contrapensamiento y, aparentando seguridad y poder (pero con los cojones de corbata), les ofrecen a los rebeldes una generosa cantidad de dinero para que cierren su chiringuito, se disuelvan y dejen de perturbar sus intereses. Supongan que los rebeldes aceptan y se buscan un nuevo trabajo.
Ahora dejen de suponer: asuman que esta historia es totalmente cierta y ha pasado en Ciudad Real.