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Una cosa más

El nieto de Don Mónico, el inventor

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Manuel ValeroLa primera vez que hablé con Eduardo Estébanez fue en el comedor del colegio salesiano en 1966. Enseguida me atrajo con su conversación de niño científico y por su aspecto desgarbado, sus grandes ojos saltones, su nariz aguileña y su risa nasal y nerviosa. Apenas rozaban nuestros pies el suelo del comedor y con cierta dificultad llegábamos hasta el horizonte de la mesa donde se espesaba una sopa de fideos de la que todavía recuerdo su fuerte sabor salado. Era el rancho del día y el rancho que había que comer ante la vigilancia militar de don Zacarías, un estrafalario personaje, que hacía de casi todo en el colegio. No era cura pero se le iba la mano con cierta facilidad. El bofetón, justo o caprichoso, formaba parte del paisaje. La disciplina del comedor, sin embargo, no era la observancia militar de las aulas, de modo que en aquella estancia de mesas y bancos corridos podíamos conversar al tiempo que dábamos cuenta del menú. Así fue como conocí a Eduardo Estébanez.

La obviedad cantada

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Qué necesidad tiene un español de gritar la obviedad de que lo es en el maremagnum de un coro masivo al albur de un éxito deportivo nacional? No recuerdo que desde el 66 del siglo pasado hasta el domingo que son los mundiales que tengo registrados en la memoria, la victoria fuese coreada con la confesión pública de la nacionalidad de los triunfadores.

Ciertos tics reverenciales

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Ya van para tres décadas y pico de democracia y todavía los tics caudillistas permanecen de forma machacona en la cultura política española.

Un puñado más de simpatizantes

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Manuel ValeroEl  pasado viernes ocurrió un hecho grave, inexplicable -pese a la cosa administrativa-, y de un déficit democrático incomprensible. La Policía Local pidió  a los dirigentes de UPyD los papeles que le autorizaban a celebrar un acto público en la Plaza del Pilar, como es absolutamente normal en democracia. Los de UPyD no los tenían: a la correspondiente solicitud al Ayuntamiento de Ciudad Real gobernado por el PP, se encontraron con la callada por respuesta, y eso, pese a la insistencia. Ese silencio administrativo que a estas alturas debería haber producido una respuesta de tolerancia se convirtió en un apremio uniformado para que el partido que lidera Rosa Díez levantara los trastos y se fuera con el acto a otra parte. Los puristas dirán que las normas están para cumplirlas.

Ay, señor, cuánta mendacidad

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Manuel ValeroAdoro esta profesión. Con toda su complejidad. Los periodistas nos ganamos la vida contando cosas, reportajeando la vida, dando a los ciudadanos la diaria ración de actualidad, levantando actas de las ruedas de prensa, opinando,  analizando el sinuoso mundo que nos rodea, ocupando una buena parte de la jornada en lo que se llama periodismo de mesa que es la parte más funcionarial de la profesión. Incluso ejercemos un trabajo en el que se sustancia una de las patas ineludibles de cualquier régimen democrático: la libertad de expresión y la pluradidad a la hora de diseccionar la acción política.

Gobierno al sol

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Manuel ValeroLa sombra tiene un componente de poderío plutócrata y el solano se conjuga mejor con el pobre obrero que sofríe sus espaldas en la plancha de una jornada interminable. De ahí que sea mucho más fácil concebir a los miembros de un club de alto standing tomándose una copa a la sombra de un parapeto de sauces o de un amplio porche con vistas a un jardín cuidado al milímetro. El poder necesita del bienestar de la sombra más que de la ocultación en la sombra, que es la otra sugerencia que automáticamente genera nuestra malintencionada mente. Quienes manejan los hilos del mundo necesitan no ser vistos y por tanto se manejan en la sombra con una doble ventaja: no se hacen visibles y están comodísimamemte  instalados, a salvo del soletón implacable y proletario.

Los evasores

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Manuel ValeroUn país, digamos, como el nuestro, ya no tiene que temer a los invasores sino a los evasores. Un cálculo apresurado, cogido al azar en el apretado dial de la radio, dice que a Zapatero no le dio tiempo a anunciar que en dos semanas presentaría la factura socialdemócrata en bandeja de plata sobre la mesa de los más ricos. Fue decirlo y ya eran legión estos gigantes del patriotismo los que le daban a la tecla para mover el capital durmiente.

Sicavrios

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Los impuestos son una obligación sobre todo moral: lo que cada cual mete en la hucha común para que toda la comunidad disponga de una recursos con que sostener el bienestar colectivo, el disfrute de servicios básicos de calidad y el calafateo de las brechas del desamparo. Pero una cosa es la simpleza contumaz de este principio y otra el endiablado álgebra fiscal en el que se enrocan  los más favorecidos por la fortuna con el único objetivo de disfrutar lo más posible del propio capital a cambio de rebajar su contribución a la caja general. Y precisamente porque son una exigencia moral los impuestos tienen la propiedad justiciera de calibrar la calidad solidaria de los contribuyentes. Por supuesto que una cosa son los impuestos, y otra la política fiscal -quiénes y cuánto pagan- y otra la gestión de la recaudación. El punto de equilibrio reside en ese intermedio ingrávido en que la Administración no es voraz pero tampoco dilipendiosa. Las rentas del trabajo son la que más se acercan al principio solidario colectivo y amortiguan en parte, la insensibilidad de los impuestos indirectos iguales para todos los bolsillos. De modo que a la hora de pagar a la caja de resistencia para los tiempos de crisis es cuando cada cual se retrata ante los demás y ante sí mismo. El egoísmo  es consustancial a la naturaleza humana pero en la medida en que las leyes refrenan esa pulsión por la calidad de vida general, así configuran una sociedad más o menos justa. Es aquí cuando aparece la tentación de burlar lo máximo que cada contribuyente puede poner a disposición del común. A la hora de apontocar, son innumerables las fórmulas para escamotear esa obligación o reducirla al máximo de manera que no quede dañada la impostura. Apaños los hay, a resguardo de  la más rentable de las ingenierías: la financiera. Desde la evasión pura y dura hasta el blindaje capitalista tras la puerta blindada de una SICAV con las bendiciones legales. El argumento del Gobierno para no subir la presión fiscal sobre estas sociedades que especulan con el capital y que actualmente pagan el 1% de los beneficios, es que mejor que las grandes fortunas se queden aquí antes que crucen la fronteras. Pues bien, aquí es donde aparece el verdadero carácter desenmascarador de los impuestos ya que quien se lleve el dinero fuera de su país para evadir la presión fiscal se está revelando como un insolidario miserable. Independientemente del acierto o no de un Gobierno a la hora de dictar su política fiscal lo que sigue siendo de una simpleza contumaz es el principio moral de los impuestos. Quien amparado en el laberinto societario financiero con el fin de pagar menos de lo que moralmente le corresponde, aunque tenga todas las  bendiciones benditas, no es un buen ciudadano, es un sicavrio. El Gobierno, en estos momentos confusos, tiene un plantel de posibilidades para demostrar su verdadero carácter socialdemócrata y si después de esto necesita de un empujón más, ahí va mi 5 por ciento, o lo que me corresponda. Lo bueno de cuanto está ocurriendo por  este tropezón del sistema es que está calando en el contribuyente de a pie, que no sólo en momentos de dificultad sino en tiempos felices,  la hucha  tiene que estar generosamente abierta para todos pero con la ranura más generosamente abierta para las rentas del capital, tan copiosas ellas y tan ingenieras. Tan sicavrias. 

Del Rey (incluido) para abajo, todos

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Adiós al Estado nación. Un telefonazo desde la capital del Imperio y se acaba con el mecano socialdemócrata que se estaba montando Zapatero a costa del contribuyente. Si yo fuera nacionalista periférico me pondría a revisar la hoja de ruta no fuera que conseguida la independencia me hicieran un bocadillo entre Merkel y Obama que dejara las sustancias y consustancias identitarias más escuálidas que un hueso de jamón de tercera boca. Pero vayamos a lo que toca. Lo más inquietante o emocionante de lo que ha pasado en las últimas semanas es que los Estados están en un proceso de extinción irreversible... de la mano del capitalismo global que de vez en cuando baila con lobos . A merced de una llamada. Todo está trastocado. O muy globalizado. Las grandes compañías, los grandes bancos, las empresas grandes no dudan en recurrir al Estado capitalista para que ejerza de estatalista cuando un niebla volcánica se cierne sobre el espacio aéreo o cuando un proyecto privado necesita de avales públicos para evitar la quiebra.

Los mercados

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Lo que quedó después del síncope planetario del socialismo real era esto: los mercados. Penosa orfandad. El sistema que sucumbió al exorcismo papal cuando Juan Pablo II llegó al solio pontificio, dio un par de hisopazos al sindicato polaco Solidaridad y luego remató un señor con el mapa de la perestroika dibujado en la cabeza, nos descubrió que el comunismo tenía el rostro implacable de la clonación social. Rancho, techo y trabajo para todo el mundo al sonido del silbato.

Intolerable

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Es intolerable que hoy (viernes) la portavoz del Gobierno regional, Isabel Rodríguez, haya justificado los insultos a María Dolores de Cospedal en la localidad de Sacedón, diciendo que es Cospedal la que insulta a los ciudadanos. Y es intolerable, porque Isabel Rodríguez, no es una ciudadana desconcotralada -antes bien controladísima- que acude a una concentración a gritar cuanto se le pase por la cabeza sino la portavoz oficial de un Gobierno en el que se supone, y pese a las discrepancias, profundas a veces, prima la cordura, la moderación y el comportamiento civilizado.

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